La historia
Hay despachos que nacen en salas de juntas y otros nacen un viernes por la noche, entre cervezas, promesas y un “vamos micha y micha”.
Dos amigos contadores, bebiendo unas cervezas un viernes por la tarde-noche, y uno dice:
—¿Por qué no ponemos un despacho de contadores?
—¡Sí! Vamos micha y micha, cincuenta y cincuenta, como se dice.
Sonríen, hacen salud con sus cervezas y continúan bebiendo.
No siempre estas historias se quedan en el bar; hay veces que realmente se llevan a cabo. Esta historia es para esas que sí llegan a hacerse realidad.
El lunes siguiente se reúnen, ahora en un café, y comienzan a dibujar el bosquejo de lo que será el futuro despacho. Hablan del nombre, de dónde podrían estar las oficinas y empiezan a tomar nota sobre los posibles clientes y contactos que ambos han acumulado.
—Yo trabajé en tal lado.
—Yo conozco a fulano.
—Mi papá conoce al director de tal empresa.
—Yo seré especialista en finanzas y tú en fiscal.
—Y vamos cincuenta y cincuenta.
Poco a poco, la idea comienza a tomar forma.
Muchos contadores sueñan con iniciar un despacho propio y abrir un despacho contable con un amigo parece una gran idea. Sin embargo, pocas veces se habla de los problemas que aparecen con el tiempo.
Se decide constituir la famosa sociedad civil. Dos partes sociales con el mismo valor. Se mandan los documentos al notario y, unos días después, el notario regresa un Word con el acta constitutiva o pacto social de la S.C. Revisamos los nombres, el valor de las partes sociales y firmamos en la notaría.
Después vienen el RFC, la e.firma, la cuenta bancaria… y comenzamos.
Uno de los socios renuncia a su trabajo actual; el otro decide esperar. El que se sale le dedica ocho, diez o hasta doce horas diarias al proyecto. El que continúa en su empleo le dedica dos o tal vez tres horas, y hay días en los que simplemente no tiene tiempo.
Se necesita dinero; el que está fuera mete su dinero. Necesita que las cosas se muevan y, para eso, se necesita flujo.
“Después le cobro”, piensa.
Y desde ahí comienzan a aparecer las diferencias.
Posteriormente, uno consigue clientes. Tal vez las cosas están emparejadas, tal vez no. Alguien tiene que encargarse de la administración porque al otro no le interesa. Alguien tiene que facturar, contratar un sistema, crear una infraestructura, diseñar la página de internet, comprar equipo, hacer campañas de marketing y resolver los problemas del día a día.
Al que ya no vive de la quincena es al que más le interesa que esto funcione, y comienza a moverse más.
Después, cuando el despacho alcanza cierta estabilidad, el segundo socio se incorpora de tiempo completo. Pero para entonces ya existen rencillas.
Las utilidades se dividen entre dos al final del mes, sin importar quién administra, quién vende, quién elabora el trabajo o quién se encarga hasta de las fallas de las oficinas. Porque alguien tiene que hacerlo.
El problema del famoso 50 y 50
Y es entonces cuando, paradójicamente, llega algo de dinero y aparecen los problemas serios. El famoso cincuenta y cincuenta, que parecía tan justo aquella noche de cervezas, ya no suena tan buena idea para una de las partes.
Dos personas pueden ser excelentes contadores, excelentes amigos y, aun así, ser pésimos socios.
La mayoría de los errores al abrir un despacho contable no son fiscales ni legales; son humanos.
Lo que nunca dice el acta constitutiva
El acta constitutiva no establece quién hará qué; solamente define las partes sociales y señala que todas valen lo mismo. No establece direcciones, responsabilidades ni actividades específicas. No define prácticamente nada, más allá de un objeto social amplio, los poderes y algunas votaciones.
Nunca quedó por escrito quién sería responsable de cada área, si existirían incentivos para quien trajera clientes, cómo se distribuirían los gastos o cómo se tomarían ciertas decisiones.
Simplemente, todo suma y se divide entre dos, haciendo valer la palabra de aquel día en el que nació la idea del despacho, bebiendo cervezas en un bar.
Y, aunque parezca increíble, esto es algo bastante común.
Cuando estás viviendo una situación así, es indispensable establecer límites y reacomodar tus intereses. Si estás por abrir un despacho y aún no has cerrado el típico cincuenta y cincuenta, te invito a reflexionarlo antes de firmar.
¿Realmente necesitas un socio?
¿Realmente necesito un socio en este momento?
¿Nuestras actividades están bien establecidas?
¿Encaja ese perfil en la firma?
¿Compartimos valores y ética?
En mis cursos hablo mucho sobre la importancia de la organización previa y de los acuerdos que deben existir entre socios para lograr una convivencia sana y sostenible. Y, si eso no funciona, también hablo de algo igual de importante: la posibilidad de empezar de nuevo, ahora con la experiencia adquirida.
En lo personal, prácticamente todo lo que comparto lo viví de una u otra manera.
Con los años me di cuenta de que muchas veces la amistad y un apretón de manos no son suficientes para constituir una empresa.
Las lecciones después de años de experiencia
En 2026 he decidido iniciar algo nuevo: compartir mi conocimiento, pero sobre todo mis experiencias. Desde la formación de una sociedad hasta su disolución.
Gran parte de lo que comparto en mis cursos y bootcamps nace precisamente de errores, discusiones y decisiones que me hubiera gustado entender hace veinte años. Lo que comparto es porque lo viví.
Porque, aunque no existe una fórmula perfecta para asociarse, sí existen muchas formas de ahorrarse tiempo, dinero y varios dolores de cabeza.
Te invito a preguntarte:
¿Necesito un socio o simplemente necesito ayuda?
